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Jueves, 05 de Diciembre de 2013 20:06
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Del fracaso de la LOE a las incertidumbres de la LOMCE
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Muchos son los artículos periodísticos y las opiniones vertidas en los medios sobre la nueva ley de educación -la LOMCE-. Desgraciadamente, muchos de ellos también carentes de un estudio riguroso del contenido de la nueva norma, al tiempo que rebosantes de tendenciosos prejuicios ideológícos y políticos. Pretendemos hacer a continuación una exposición de lo que consideramos fundamental en cuanto a los cambios que se proponen con la nueva reforma educativa.

En España existe un sonrojante nivel de "fracaso escolar". Ese fracaso cursa con un elevado número de alumnos que repiten curso, que abandonan prematuramente las aulas, que no consiguen una titulación mínima, ... Números rojos, en suma, que indican un mal grave y profundo que nuestro sistema educativo arrastra desde hace tiempo: la falta de formación real que adquieren los jóvenes en su tránsito por las distintas etapas de enseñanza.

La LOGSE y la LOE han sido las dos grandes leyes educativas responsables del mal, ya que se basaron en principios erróneos y, una vez constatados sus defectos, las autoridades educativas se limitaron a procurar una mejora de los síntomas de esta enfermedad del sistema, sin atacar las causas. Dichas autoridades buscaron mecanismos que derivasen en una mejora tan sólo de las estadísticas de resultados, sin preocupación alguna por la formación real de la población estudiantil. Así, la puesta en práctica de ambas leyes se asienta en dos principios:

  • El alumno debe ser feliz en su paso por la escuela. El esfuerzo queda desterrado de las aulas.
  • Los profesores deben "pasar la mano" ante la falta de conocimientos de los alumnos, porque lo importante es que se den aprobados y títulos. Si los aprobados y títulos escasean, el único responsable es el profesor.

Consecuentemente, en Primaria, la promoción se hace prácticamente automática. Da igual lo que el alumno aprenda: nunca repite (excepcionalmente puede hacerlo una vez, pero la realidad es que en su inmensa mayoría son promocionados automáticamente a la siguiente etapa, aunque su nivel de formación sea muy deficiente). Es en Primaria donde se gesta un historial del fracaso que difícilmente podrá ser corregido más tarde, ya en Secundaria. Desgraciadamente, la LOMCE, tercera gran ley de educación, vuelve a ignorar que hay que modificar la etapa Primaria en profundidad, y esto supone el primer gran escollo en el camino de mejora que esta nueva ley pretende.

En Secundaria, tradicionalmente, los profesores han sido reacios a cumplir con las dos consignas antedichas, empeñándose en poner en práctica el oficio de enseñar, y de valorar rectamente el nivel de formación adquirido, sin atender a consignas políticas, sesgos ideológicos o a requerimientos estadísticos. Entendiendo, en suma, que todo avance, ya sea en educación o en cualquier otro campo, requiere de dedicación y esfuerzo, y del cumplimiento real de unos objetivos previamente establecidos.

Es así que la mala preparación arrastrada -y ocultada tras aprobados ficticios- por los estudiantes procedentes de Primaria, da la cara en esta etapa educativa. El alumno se encuentra que en primero de la ESO obtiene un alto número de suspensos, sus familias se plantean por primera vez que cómo es posible que se trunque una carrera de aparente éxito tan de repente, y surge el conflicto en que nos hemos visto envueltos desde hace ya dos largos decenios.

Es así que en Secundaria la enfermedad del paciente da por fin la cara. Es ahí, en consecuencia, donde políticos y legisladores han buscado mecanismos de maquillaje que oculten los vicios del sistema:

  • Estableciendo la promoción de curso y la titulación con hasta tres suspensos e imponiendo que un alumno no pueda repetir dos veces el mismo curso aunque suspenda todas las materias, y nunca más de dos veces en toda la ESO. Esto genera unas consecuencias desastrosas para todo el sistema, ya que, según avanzamos en la etapa secundaria, se van mezclando alumnos de buen rendimiento, alumnos repetidores, y alumnos promocionados por imperativo legal al no poder repetir más un curso anterior. El profesor ha de enfrentarse así a niveles tan dispares de formación dentro de una misma aula, que a duras penas puede realizar su labor con un mínimo de eficacia. Al final se produce, inevitablemente, lo que llamamos la "igualación por abajo": el profesor se ve obligado a exigir un nivel de formación a la clase equivalente al del grupo de alumnos más retrasados académicamente. Y, lo que no es menos grave, los que promocionan automáticamente se acomodan a estas facilidades del sistema y se convierten en alumnos indisciplinados que hacen las aulas ingobernables.

  • Buscando "atajos" para que aumente el número de alumnos con titulación. Cuando los alumnos con historial de fracaso cumplen la edad máxima obligatoria de escolarización -16 años-, pueden abandonar el sistema educativo sin haber logrado ninguna titulación. La ley actual, la LOE, intenta evitar este abandono mediante dos mecanismos de retención de estos alumnos: la "Diversificación Curricular" y los "Programas de Cualificación Profesional Inicial".

 La "Diversificación" se dirige, originalmente, a alumnos de buen comportamiento que, esforzándose en el estudio,   no  consiguen buenos resultados. Con una mayor interacción profesor-alumno, agrupación de materias y con una metodología adaptada a estos alumnos se pretende que alcancen el nivel de formación ordinario que permita la titulación. La realidad, no obstante, ha sido que muchos alumnos han pasado a esta modalidad de "Diversificación" sin tener ese perfil de "alumno esforzado" y, en la práctica, lo que se ha hecho con estos grupos es bajar las exigencias de contenidos con la concesión consecuente del título de Graduado en ESO a precio de saldo.

El "Programa de Cualificación Profesional Inicial" se destina a los alumnos que tengan cumplidos quince años y no quieran seguir con el régimen de clases ordinario. Aunque la LOE no lo explicita, va dirigido claramente a los alumnos que acumulan un historial de fracaso escolar y de importantes problemas disciplinarios, con un desinterés total hacia los estudios. En el PCPI los alumnos estudian durante un año (lo que resta hasta los dieciséis años de escolaridad obligatoria) un curso práctico, relacionado con algún oficio (mecánica, electricidad, etc.) de carácter menos académico, más manual, y que se supone más estimulante y acorde a sus características personales. Pueden así adquirir la mínima formación y una titulación profesional básica para poder ganarse la vida una vez egresados. Pueden cursar, además, voluntariamente, un segundo año complementario con materias propias de la ESO que, si es superado, les proporciona la titulación de Graduado en ESO. La realidad, de nuevo, se impone: estos cursos han resultado enormemente problemáticos en el plano disciplinario y la mayoría de alumnos no cursan el segundo año voluntario para la obtención del título de Graduado, a pesar de que los niveles exigidos para la titulación son sonrojantemente bajos.

  • Finalmente -y esto parece acentuarse en los últimos años- las administraciones han puesto en marcha, vía inspección, otra estrategia: el ejercicio de una presión directa sobre el profesor cuyo nivel de alumnos aprobados se considera insuficiente. Este profesor es fiscalizado, se le piden todo tipo de informes, de propuestas de recuperación suplementaria, de burocracia. Se pone en duda su profesionalidad. Supuestos expertos pedagógicos pregonan, en paralelo, que los contenidos no son importantes, que "todo está en internet", que el profesor es "uno más de la clase", que usa metodologías obsoletas, que necesita formación, ... Se genera así un sistema de "Centros del Profesorado" destinados a "enseñar a enseñar" a los profesores, que tan sólo ha servido para consumir ingentes recursos públicos con utilidad nula, con una calidad pésima.

Dicho todo lo anterior, ¿qué cambia con la LOMCE? Aunque a muchos nos hubiese gustado que la nueva ley hubiese supuesto un cambio más sustancial, puede que algunas cosas mejoren: