Reseña del Diccionario semifilosófico de Ricardo Moreno Castillo PDF Imprimir E-mail
Escrito por Teresa Fernández   

Diccionario semifilosófico

Ricardo Moreno Castillo

Prólogo de Victoria Camps

Editorial Síndice

Logroño, 2013

156 páginas

 

Ricardo Moreno Castillo, más conocido como “el autor del Panfleto Antipedagógico”, ése que tanto hizo por restaurar la autoestima y la dignidad de los docentes, nos sorprende ahora con un Diccionario semifilosófico.

El título puede echar para atrás a algunas personas, aquéllas que todavía creen que la filosofía es algo abstruso, pero precisamente este libro defiende con el ejemplo que para reflexionar sobre el mundo y sobre nosotros mismos no hace falta usar palabras elevadas, sino que las palabras más sencillas son a menudo las más profundas. Lo que a todos nos cautivó del Panfleto Antipedagógico es que fuera capaz de decir aquellas cosas tan obvias que todos habíamos olvidado, aquello tan de sentido común que no nos atrevíamos a decir. Y las decía con una ingenuidad y una sinceridad tan sorprendentes como genuinas. Su franqueza, su sencillez y su osadía consiguieron el milagro de hacernos sentir, por fin, víctimas de un engaño que había cambiado de raíz el objetivo de nuestra profesión.

diccionario

Este libro es una selección de citas extraídas de las lecturas de la vida de su autor que se acompañan de una serie de glosas personales, a la manera medieval, y que se aglutinan en torno a un puñado de entradas, como si de un diccionario muy selectivo se tratase. Escritores y filósofos clásicos como Montaigne, Voltaire, Chesterton o Borges, y otros más cercanos, como Vargas Llosa, Savater o Popper dialogan con un gran lector. El libro demuestra así que la sabiduría no es producto de la información, como tantas veces nos quieren hacer creer, sino de la reflexión reposada de aquello que leemos y que nos lee.

Pero como se trata de un lector que ha dedicado gran parte de su vida a la educación de los hombres y éste es un lugar de encuentro para docentes, en lugar de escribir sobre las entradas que hablan con sabiduría de la tolerancia, la alegría, la poesía o la fama, voy a centrarme en las muchas entradas que tienen relación con la profesión del docente.

Las referencias a nuestra profesión comienzan con la entrada “Autodidacta”, adjetivo o sustantivo que solemos considerar positivo sin pararnos demasiado a pensarlo. Moreno trastoca nuestras expectativas al recordarnos que cualquiera que aprenda con un buen profesor aprenderá más que quien lo haga solo. Quien ama de veras el saber comprende que la ausencia de maestros es una desgracia, como lo es la pobreza o la enfermedad, pero no un mérito. Así de contundente es el sentido común y así de sencilla es la defensa de toda una profesión.

En la entrada sobre la “Cortesía”, aunque no trate de forma directa la educación, encontramos frases que nos hacen sonreír con tristeza a los docentes. La mayor parte de los jóvenes creen ser naturales cuando no son más que mal educados y groseros son palabras de La Rochefoucauld que están tristemente al día en cada instituto en que enseñemos.

Y ya en la entrada sobre “Cultura”, nos sorprende de nuevo al rechazar la célebre máxima aristotélica todo hombre apetece saber, máxima que todo profesor se cuestiona como una docena de veces al día. Pues resulta que no, que, mal que les pese a los pedagogos, no les apetece. Para crear una persona culta hace falta la educación, y la educación siempre comienza contraviniendo la voluntad de quien se pretende educar.

Y retomando en este apartado otro de los disparates propios de la pedagogía de nuestro tiempo, remacha No hay buena educación sin un conocimiento de los grandes logros del pasado. Quien no lo entienda así no es un educador equivocado. Simplemente, es un ignorante. ¡Cómo hemos echado de menos esta pluma sensata que se atreve a llamar necios a quienes no cesan de contravenir las más elementales reglas del sentido común!

Para seguir con obviedades, nos recuerda una frase premonitoria de Octavio Paz: La libertad y la educación para todos, en contra de lo que creían los hombres de la Ilustración, no han llevado a los hombres a frecuentar a Platón o a Cervantes, sino a la lectura de cómics y best-sellers.

Pero es la entrada sobre “Educación” la que no tiene desperdicio. Empieza recordándonos una cita de Chesterton, ese caballero inglés al que en otra entrada sobre literatura calificará de “luminoso”, y que de nuevo incide en lo nefasto que ha sido introducir la libertad como el criterio básico de la educación: No puede haber una educación libre, porque si dejáis a un niño libre, no le educaréis. O, invocando el más famoso texto de la Política aristotélica, sentencia: Si en una democracia todos mandamos un poco, el mejor ejercicio para llegar a ser buenos demócratas es obedecer. Quienes opinan que en una escuela jerarquizada no se pueden educar futuros demócratas deberían de leer a Aristóteles.

Pero de nuevo Chesterton, con su frescura, es quien nos hace sonreír a quienes nos dedicamos a esto de enseñar al burlarse de las ya por entonces doctrinas de los pedagogos. La cita es larga pero vale la pena:

Sé que algunos pedantes frenéticos han defendido que la educación no es en absoluto transmisión, que no enseña en absoluto por medio de la autoridad. Presentan el proceso como una llegada, no del exterior, desde el maestro, sino desde dentro del niño. Dicen que la educación es la llave para dirigir o sacar facultades dormidas de cada persona. En algún lugar profundo de la oscura alma infantil hay un deseo de aprender acentos griegos o de llevar cuellos limpios. Sellados en el bebé recién nacido, están los secretos intrínsecos del modo de comer espárragos y cuál es la fecha de la batalla de Bannockburn. El educador sólo extrae del niño su amor invisible por la divisiones largas.

No obstante, mis entradas favoritas son las relacionadas con la defensa de las Humanidades. Científicos de la talla de Ramón y Cajal nos recuerdan que los estudios filosóficos constituyen, sobre todo, una buena preparación y excelente gimnasia para el hombre de laboratorio. No deja, ciertamente, de llamar la atención el que muchos ilustres investigadores hayan llegado a la ciencia desde el campo de la filosofía. Y nada más y nada menos que un premio Nobel de Física, Heisenberg, nos comenta que, leyendo en griego a Platón, comprendió que es casi imposible cultivar la física atómica moderna sin conocer la filosofía natural de los griegos. Como glosa atinadamente el autor, lo más interesante de esta cita es descubrir que Heisenberg, un físico, podía leer el griego antiguo.

Y hablando de la tradición, reparamos en la entrada correspondiente a “Historia” para hablar de la memoria, la bestia parda de nuestros pedagogos. Las fechas son clavos indispensables para colgar el tapiz de la historia es la metáfora de Gombrich que glosa Moreno con su desarmante sinceridad: Quien no sea capaz de memorizar algunos datos nunca sabrá historia. Los maestros que descreen de la educación de la memoria condenan a sus alumnos a la ignorancia. Ahí queda dicho. Son culpables; no es torpeza, sino delito.

Ahondando aún más en la importancia de la tradición, Moreno nos sorprende de nuevo con esa sencillez osada que es tan característica de él. Estudiar el pasado para entender el presente. ¿Por qué esta verdad tan elemental se ha olvidado en una sociedad que algunos (con una candorosa falta de sentido de la realidad) llaman “sociedad del conocimiento”?

¿Y qué decir de la entrada referida a “Novedades”? Es, como siempre, Chesterton quien se encarga de poner la nota de humor: No quiero decir que la verdad esté toda de parte de la tradición. Sólo digo que la publicidad está de parte de la innovación. Y la publicidad tienen mucho poder. Moreno lo ejemplifica con nuestro sistema educativo a partir de una larga cita de Poincaré que reduciré a la sorpresa con la que exclama: las novedades son atrayentes, ¡y es tan duro no parecer lo suficiente avanzado! Pero, glosa el autor, ni siquiera las novedades en ciencias han de hacer abandonar, por lo menos en la enseñanza secundaria y comienzos de la universitaria, los viejos saberes. Lo que dice Poincaré (quien murió en 1912) parece una premonición de algunos dislates que se cometerían más de medio siglo después, cuando se empezó a enseñar la matemática estructural tan novedosa ella, con menoscabo de la matemática clásica (cuando la primera es ininteligible si no se conoce la segunda). Los mentores del disparate eran profesores avanzados y ávidos de novedades, qué duda cabe, pero más inclinados hacia las novedades que hacia el estudio sosegado y la reflexión serena. Y es que, como nos recuerda el autor, afirmaba Wilde: Nada hay tan peligroso como ser demasiado moderno. Corre uno el riesgo de quedarse súbitamente anticuado. He aquí un buen consejo para nuestros pedagogos.

Y hablando de pedagogía, Moreno nos recuerda la futilidad de dicha ¿ciencia?: la capacidad de transmitir con entusiasmo y claridad lo que se sabe es como la de tener amigos. La creación de unas “Ciencias de la Amistad” sería inútil para quien carece de encanto personal y superflua para quien sí lo tiene.

O, de nuevo, Chesterton, implacable como siempre: cuando aparece la pedagogía, el sentido común queda aniquilado. La afirmación me parece tan certera que voy a proponer que se escriba con letras doradas en cada aula de este país.

Como anécdota impagable, el autor recoge la reflexión hecha por Torrente Ballester sobre la decisión de Pinochet de suprimir la lectura del Quijote de los programas de enseñanza media de su país. El escritor decía entonces que si la medida fuese dictada por un pedagogo moderno, no me habría extrañado; procedente de un dictador, me sorprende y ando obsesionado en busca de una explicación. Como reflexiona el autor: Las explicaciones que elabora Torrente Ballester para entender la medida del dictador son aquí irrelevantes. Lo que sí es relevante es que un profesor en el año 1974 y a finales de su vida profesional ya no se sorprenda de cualquier despropósito que se le pueda ocurrir a un pedagogo moderno y ansioso de novedades.

Magníficas también las reflexiones en torno a la idea de la moderna pedagogía de convertir el estudio en un juego. García Morente argumenta y finaliza: Por eso me parecen radicalmente, fundamentalmente, totalmente falsas esas pedagogías infantilistas que hacen del trabajo un juego. Son técnicas que, lejos de favorecer la educación –la conducción de la infancia a la hombría- la obstaculizan, haciendo perdurar indebidamente la vida pueril. Es buen ejemplo de lo que han conseguido los pedagogos el que tengamos que García Morente tenga que argumentar algo tan obvio como esto.

No obstante, este libro no es sólo crítico. En mi reseña corro el riesgo de haber dado esa impresión porque me he centrado en exponer las críticas a nuestro sistema educativo. Lo cierto es que el libro rebosa entusiasmo. Entusiasmo por la cultura, por la lectura, por la sabiduría, por la amistad y por la humanidad. Así, no me resisto a terminar este artículo sin citar la que a mi juicio es la frase más bella del libro, pues muestra además el fundamento de nuestra profesión, el amor al saber. Es de Bertrand Russell: A la edad de once años empecé a estudiar geometría, teniendo como preceptor a mi hermano. Fue uno de los grandes acontecimientos de mi vida, tan deslumbrante como el primer amor. Jamás había imaginado que pudiera haber algo tan delicioso en el mundo.

Pueden ser las matemáticas, la música, el latín o la física, pueden ser la biología, la literatura, la química o la historia, pero en todo caso, nosotros, los profesores, sabemos que nuestra profesión es eso: enseñarles a nuestros alumnos que el conocimiento es deslumbrante. Tan deslumbrante como el primer amor.



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